
En la era actual de comunicaciones instantáneas, resulta difícil imaginar que un simple dispositivo mecánico —una llave de telégrafo— pudiera representar la diferencia entre la vida y la muerte. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió en la madrugada del 15 de abril de 1912, cuando el majestuoso RMS Titanic se hundía en las gélidas aguas del Atlántico Norte.
A bordo del Titanic, los operadores Jack Phillips y Harold Bride utilizaron una llave Marconi para enviar señales de auxilio. Aunque inicialmente transmitieron el código CQD, pronto adoptaron el más moderno SOS, que ya comenzaba a imponerse como estándar internacional. Aquellas pulsaciones —tres cortas, tres largas, tres cortas— viajaron por el éter como un grito desesperado, captado por barcos cercanos como el Carpathia, que acudió al rescate.
La Colección Gabriel López APA, que se exhibe en nuestro espacio museístico, conserva una llave telegráfica similar a la utilizada en aquel histórico evento. No es solo un objeto: es un testigo silencioso de una época en que el ingenio humano comenzaba a dominar las ondas invisibles del aire. Cada pieza de esta colección honra el legado de quienes, con precisión y coraje, transformaron la electricidad en mensaje, y el mensaje en salvación.
Hoy, al contemplar esta llave, no solo evocamos el Titanic. Recordamos también el nacimiento de la comunicación moderna, el valor de la tecnología en momentos críticos, y el compromiso de preservar nuestra memoria técnica y humana.
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