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Anecdota de APA en El Jagüey

APA no solo fue telegrafista; también fue un enamorado profundo del campo. Ese amor lo llevó a adquirir una pequeña finca al sur del estado Aragua, en Cogollal, a la que llamó El Jagüey. Allí encontró su refugio, su espacio de paz y su proyecto de vida. Entre cochinos, conejos, gallinas ponedoras, gansos, chigüires y…

APA no solo fue telegrafista; también fue un enamorado profundo del campo. Ese amor lo llevó a adquirir una pequeña finca al sur del estado Aragua, en Cogollal, a la que llamó El Jagüey. Allí encontró su refugio, su espacio de paz y su proyecto de vida. Entre cochinos, conejos, gallinas ponedoras, gansos, chigüires y unas cuantas vacas, construyó un pequeño mundo que llevaba su sello: trabajo, constancia y cariño por lo que se cultiva con las manos.

Para nosotros, sus nueve hijos, El Jagüey fue parte esencial de nuestra juventud. Cada viaje a Cogollal era una aventura: el olor a tierra húmeda, el canto de los pájaros al amanecer, el sonido del machete abriendo camino entre la maleza. Allí aprendimos lo que significa el esfuerzo, la disciplina y la alegría sencilla de compartir en familia.

La foto que acompaña esta historia lo captura en su esencia. Allí está APA, de pie en medio de la vegetación, con su sombrero, su ropa de faena y el machete en la mano. La postura lo dice todo: un hombre en pleno dominio de su terreno, orgulloso de su trabajo, disfrutando cada minuto bajo el sol del campo. Esa imagen no es solo un recuerdo; es un símbolo de quién fue.

Y como si fuera poco, APA llevó su oficio al corazón de Cogollal. Montó una pequeña escuela de telegrafía en la zona, donde varios jóvenes aprendieron el código Morse gracias a él. No se conformó con trabajar su tierra: también sembró conocimiento. Dejó huella en la comunidad, enseñando un oficio que marcó su propia vida.

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